sábado, 1 de octubre de 2011

GUILLERMO PRIETO


GUILLERMO PRIETO (1818-1897)
A través de su obra, el pueblo mexicano palpita y se descubre. Plasmó en su obra las penas y las ilusiones de sus hermanos.
"Yo soy quien, vagando, cuentos fingía y ecos del pueblo, que recogía, torné en cantares, porque era el pueblo humilde toda una ciencia. Y era escudo en mis luchas con la indigencia y en mis pesares."
Cantando las epopeyas nacionales creó la poesía heroica mexicana, brindando así, al pueblo, el conocimiento de su verdadero valor.
Manteniendo siempre firme la bandera del liberalismo, permaneció al lado de Benito Juárez, sin flaquear.
El romanticismo de Guillermo Prieto radica en la forma más que en el contenido.

Guillermo Prieto, nace en la ciudad de México en 1818. Bajo la tutela de Andrés Quintana Roo consigue una plaza en la Aduana de México e inicia sus estudios en el Colegio de San Juan de Letrán. Publica algunos poemas en el Calendario de Galván y se inicia como redactor del Diario Oficial siendo presidente Anastasio Bustamante. Publica una sección de crítica teatral: Los Lunes de Fidel (su seudónimo, en el periódico El Siglo XIX). Colabora en El Monitor Republicano y funda con Ignacio Ramírez la publicación satírica Don Simplicio. Es diputado del partido liberal en 15 ocasiones incluyendo la del Congreso Constituyente de 1857 donde representa al estado de Puebla. Se desempeña como Ministro de Hacienda con los presidentes Arista, Bustamante y Juárez. De profundas convicciones liberales defiende el Plan de Ayutla. Autor prolífico escribe poesía, teatro y prosa, la característica común de su obra es el empeño por destacar el costumbrismo y el folclor nacionales. Es cofundador de la Academia de Letrán. Sus obras poéticas más importantes son Musa Callejera (1883) y Romancero Nacional. Su pasión política se pone de manifiesto en las crónicas costumbristas Memorias de mis Tiempos, obra que abarca de 1828 a 1853. Se desempeña como maestro de Historia Patria y de Economía Política en el Colegio Militar. Gran figura por su honradez y patriotismo, muere en Tacubaya a los 79 años de edad.

Benito Juárez, prisionero en Guadalajara por Antonio Landa, salva la vida por la elocuencia de Guillermo Prieto (Marzo 14 de 1858).

Aprehendido el presidente Benito Juárez y los miembros de su gabinete el día anterior en la ciudad de Guadalajara, irrumpen en el Palacio de Gobierno -donde se les tenía, el teniente Filomeno Bravo y veinticinco de sus soldados, quienes llevan el firme propósito de fusilarlos a todos.

“¡Alto, los valientes no asesinan!... sois unos valientes, los valientes no asesinan, sois mexicanos, éste es el representante de la ley y de la patria”. Entonces, los soldados sin aguardar otra orden echaron sus armas al hombro y se quedaron impasibles.

El propio Guillermo Prieto escribiría después sobre el suceso:

"Los rostros feroces de los soldados, su ademán, la conmoción misma, lo que yo amaba a Juárez... yo no sé... se apoderó de mi algo de vértigo o de cosa de que no me puedo dar cuenta ... Rápido como el pensamiento, tomé al señor Juárez de la ropa, lo puse a mi espalda, lo cubrí con mi cuerpo ... abrí mis brazos ... y ahogando la voz de "fuego" que tronaba en aquel instante, grité: "¡Levanten esas armas!, ¡levanten esas armas!, ¡los valientes no asesinan ... !" y hablé, hablé, yo no sé qué hablaba en mí que me ponía alto y poderoso, y veía, entre una nube de sangre, pequeño todo lo que me rodeaba; sentía que lo subyugaba, que desbarataba el peligro, que lo tenía a mis pies... Repito que yo hablaba, y no puedo darme cuenta de lo que dije... a medida que mi voz sonaba, la actitud de los soldados cambiaba... un viejo de barbas canas que tenía al frente, y con quien me encaré diciéndole: "¿Quieren sangre? ¡Bébanse la mía...!" alzó el fusil... los otros hicieron lo mismo... Entonces vitoreé a Jalisco.

Los soldados lloraban protestando que no nos matarían y así se retiraron como por encanto... Bravo se pone de nuestro lado.

Juárez se abrazó de mí... mis compañeros me rodeaban llamándome su salvador y salvador de la Reforma... Mi corazón estalló en una tempestad de lágrimas."

Sobre su discurso, Justo Sierra señalaría: “era el efecto, casi físico de aquella voz musical, comunicadora como ninguna de emoción, que estaba hecha para penetrar en el corazón del pueblo, de donde salían aquellos hombres”.

Para los liberales del siglo XIX, el primer dogma no era el ejercicio del poder sino la limitación del poder. Habían nacido de espaldas al pasado monárquico y habían sufrido el caudillismo santanista, por eso buscaron constituir la división de poderes y las más plenas libertades cívicas y políticas. Su única religión pública (en privado muchos eran católicos) era la Ley y el Derecho, que escribían con mayúsculas. Cuando en 1865 Juárez torció el Derecho y la Ley para reelegirse y asumir lo que Rabasa llamó su “dictadura democrática”, su amigo Guillermo Prieto –que le había salvado la vida– escribe:

Juárez era la exaltación de la Ley, porque su fuerza era el Derecho [...] ¿Qué queda de todo eso? [...] ¿A quién acatamos? ¿Varía de esencia que ayer se llamara Santa Anna [...] y que hoy se llame Juárez el suicida? Supongamos que Juárez era necesario, excelso, heroico, inmaculado en el poder, ¿lo era por él o por sus títulos? [...] Me asusta contemplar a Juárez revolucionario [...] ¿Tú te figuras revolucionario a Juárez? ¿Te figuras lo que habré sufrido?

Como se ve, los liberales usaban la palabra “revolución” como una ruptura del delicado y frágil orden constitucional que habían dado a México. La única legitimidad posible para acceder al poder era la de la ley y los votos. De romperla, todo el entramado institucional se vendría abajo. Y se vino abajo, en efecto, con la irrupción de un popularísimo caudillo, Porfirio Díaz.

    EL ROMANCE DE LA MIGAJITA

    
"¡Détente, que está rendida,
eh, contente, no la mates!"
     Y aunque la gente gritaba
y corría como el aire,
cuando quiso ya no pudo,
aunque quiso llegó tarde,
que estaba la Migajita
revolcándose en su sangre. . .
     Sus largas trenzas en tierra,
con la muerte al abrazarse,
la miramos de rodillas
ante el hombre, suplicante;
pero él le dio tres metidas
y una al sesgo de remache.
     De sus labios de claveles
salen dolientes los ayes,
se ven entre sus pestañas,
los ojos al apagarse. . .
     Y el Ronco está como piedra
y entre los sicofantes,
que lo atan codo con codo
para llevarlo a la cárcel.
                   ***
     "Ve al hospital, Migajita,
vete con los platicantes,
y atente a la Virgen pura
para que tu alma se salve.
     ¡Probe casa sin tus brazos!
¡Probecita de tu madre!
     ¿Y quién te lo hubiera dicho?
Tan preciosa como un ángel,
con tu rebozo de seda,
con tus sartas de corales,
con tus zapatos de raso,
que ibas llenando la calle,
como guardando tus gracias,
porque no se derramasen.

     “El celo es punta de rabia,
el celo alcanzó matarte,
que es veneno que hace furias
las más finas voluntades.”

Esto dijo con conciencia
una siñora ya grande
que vido del peapa al pepe
cómo pasó todo el lance.

     Y yendo y viniendo días
la Migajita preciosa
fue retoñando en San Pablo;
pero la infelice era otra;
está como pan de cera,
el aigre la desmorona,
se le pintan las costillas,
se alevanta con congoja;
sólo de sus lindos ojos
llamas de repente brotan.
                   ***            
     "Muerto. . .¡dése!" A la ventana
la probe herida se asoma,
y vio que llevan difunto,
por otra mano alevosa,
a su Ronco que idolatra,
que fue su amor y su gloria.
     Olvida que está baldada
y de sus penas se olvida,
y corre como una loca
y al muerto se precipita,
y aulla de dolor la triste
llenándolo de caricias.
     "Madre, mi madre, le dice,
-que su madre la seguía -
vendan mis aretes de oro,
mis trastes de loza fina,
mis dos rebozos de seda,
y el rebozo de bolita;
vendan mis tumbagas de oro,
y de coral la soguilla,
y mis arracadas grandes,
guarnecidas con perlitas;
vendan la cama de fierro,
y el ropero y las camisas,
y entierren con lujo a este hombre
porque era el bien de mi vida;
que lo entierren con mi almohada
con su funda de estopilla,
que pienso que su cabeza
con el palo se lastima.
     “Que le ardan cirios de cera,
cuatro, todos de a seis libras;
que le pongan muchas flores,
que le digan muchas misas,
mientras que me arranco el alma
para hacerle compañía.
     “Tú, ampáralo con tu sombra,
sálvalo, Virgen María:
que si en esta positura
me puso, lo merecía;
no porque le diera causa,
porque era suya mi vida. . .”

Y dando mil alaridos
la infelice Migajita,
se arrancaba los cabellos,
y aullando se retorcía.
     De pronto los gritos cesan,
de pronto se quedó fija:
se acercan los practicantes,
la encuentran sin vida y fría,
y el silencio se distiende
convirtiendo en noche el día.

En el panteón de Dolores,
lejos, en la última fila,
entre unas cruces de palo
nuevas o medio podridas,
hay una cruz levantada
de pulida cantería,
y en ella el nombre del Ronco,
"Arizpe José Marías",
y al pie, en un montón de tierra,
medio cubierto de ortigas,
sin que lo sospeche nadie
reposa la Migajita,
flor del barrio de la Palma
y envidia de las catrinas.

Bibliografía:
Albun de Oro de la Poesía Mexicana
Editores Mexicanos Unidos, S. A.
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